La palabra “serena y firme” del Papa a los parlamentarios españoles

(Ref aceprensa.com)

El discurso de León XIV a las Cortes Generales, reunidas en sesión conjunta del Congreso de los Diputados y del Senado, ha sido el más extenso hasta ahora de los de su visita a España. También han sido muy largos los aplausos de sus señorías: casi siete minutos. Frente a quienes dudaban de la conveniencia de que un papa se dirija a un parlamento, hoy se ha vuelto a comprobar, como en las ocasiones anteriores, que resulta sumamente interesante.

Era la primera vez que un papa intervenía en las Cortes, lo que quizá explica los recelos de algunos. Pero también los tres pontífices anteriores fueron invitados a hablar ante parlamentos nacionales. El primer acto de este tipo fue el que protagonizó Juan Pablo II en 1999, ante los diputados y senadores de su Polonia natal. Menos de tres años después, a finales de 2002, lo recibió el Parlamento italiano.

Benedicto XVI pronunció otros dos discursos a sendos órganos legislativos: al de Gran Bretaña en el Westminster Hall, en 2010, y al de Alemania el año siguiente. Finalmente, Francisco habló al Congreso de los Estados Unidos en 2015.

Tal vez no sea impropio o exagerado decir que estos discursos pontificios constituyen ya un género, pues es notable su coincidencia en cuestiones fundamentales, aunque cada uno trate temas peculiares, conforme al lugar y al momento.

Para qué sirve la política

En este género, es habitual que el papa precise a los parlamentarios que no viene a decirles qué deben hacer. En palabras de León XIV en Madrid, la Iglesia respeta “la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar”. Así, “reconoce la autonomía de las realidades terrenas y la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”.

Análogamente, Benedicto XVI señaló en Berlín: “Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad (…) un ordenamiento jurídico derivado de una revelación”. Por eso, dijo en Westminster que “el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas [las normas objetivas del gobierno justo] (…). Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión”.

En toda persona humana hay que reconocer a “alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”

En segundo lugar, que el fin de la política es el servicio a las personas y al bien común lo subrayan todos los papas. Juan Pablo II alentó a los parlamentarios polacos a que “en el centro de sus tareas legislativas se encuentre siempre el hombre y su auténtico bien. En el Bundestag, Benedicto XVI señaló que, para un político, “su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia”. Y Francisco dijo en el Capitolio: “Toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad”.

Respeto a la dignidad humana

Justamente, la dignidad de la persona es otro de los puntos repetidos por los papas. Juan Pablo II en Roma: “En el centro de todo orden civil justo, debe estar el respeto al hombre, a su dignidad y a sus derechos inalienables”. No es un mantra de los discursos pontificios, porque esta afirmación viene acompañada de su fundamento en una precisa concepción de la persona, que ha expuesto León XIV en Madrid: el ser humano es una “criatura abierta a la verdad, dotada de libertad”, “alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.

Es común también que los papas subrayen que esa verdad no es solamente religiosa, sino antes que eso, racional. De manera singular lo recalcó Benedicto XVI ante el Parlamento alemán: la Iglesia siempre “se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho”. Como dijo Juan Pablo II en Roma, “hay derechos humanos universales, arraigados en la naturaleza de la persona, en los que se reflejan las exigencias objetivas de una ley moral universal”.

A eso condujo, ha recordado León XIV, la reflexión de los maestros de la Escuela de Salamanca, que “comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”. Concluyeron que “todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y de deberes”, de modo que todos los hombres del mundo constituyen una comunidad universal con “vínculos jurídicos y morales entre los pueblos”. Fue el nacimiento del derecho de gentes, hoy llamado derecho internacional.

“La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”

En suma, la dignidad inviolable de la persona “pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo”, ha afirmado León XIV. “La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre”.

Derecho a la vida

En las Cortes Generales, el Papa León ha tocado otros asuntos, pertinentes al tiempo presente y –aunque no solo– a España, dirigiendo a diputados y senadores “una palabra serena y firme”. En un país donde parece que, para los políticos, el aborto y la eutanasia ya no se ponen en cuestión, el Papa ha dicho: “¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”. Más aún: “La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

También ha resaltado León XIV la importancia de sostener a la familia, “primera escuela de humanidad, en la que se aprende (…) la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”. Y ha recordado el “derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas”.

Inmigración, sin simplismos

La inmigración ocupa varios párrafos del discurso. Este fenómeno “interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”; “rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica”, que va “más allá de la mera gestión de flujos”. El Papa no ha caído en simplismos, sino que ha señalado una “doble exigencia de justicia social”: por una parte, “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”; y por otra, “promover (…) el derecho a permanecer en la propia tierra”, para que nadie tenga que emigrar forzado por las circunstancias.

Otra prueba de que conoce la complejidad del problema es lo que ha añadido poco después: “Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud”. La coordinación internacional es indispensable.

La paciente busca de la paz

La paz, preocupación constante de León XIV, también recibe amplia atención en el discurso. Advierte el Papa que las armas “nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”. Lo que la trae es la “valentía diplomática”, la “responsabilidad ética”, el “diálogo paciente” en busca de “acuerdos justos y duraderos”, “la justicia”, “el respeto al derecho internacional”…

Desde una perspectiva pragmática, todo eso puede sonar ingenuo. Pero más bien, es lo realista. Sabemos cuántas veces victorias bélicas han llevado a nuevas guerras, como en el Oriente Medio; mientras que una negociación como la del Ulster ha proporcionado la paz, al principio imperfecta. Porque “la paz –ha señalado el Papa– no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación”.

En ese contexto resalta la importancia de la libertad de conciencia y de religión, otro asunto tocado por los papas anteriores en sus discursos a parlamentos. “La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente”, ha afirmado León XIV. “La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”.

“Toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”

En ese momento se ha referido al secreto de la confesión, que “reviste una importancia especial para la Iglesia católica”. Por eso, “tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales”. A propósito de esto, se puede recordar que en el Congreso español, cuando en 2020 se debatía el proyecto de Ley de Protección a la Infancia, tres partidos –Podemos, EH Bildu y ERC– presentaron una enmienda para que se obligara a los sacerdotes a denunciar los abusos a menores de los que se enterasen por confesión. La propuesta fue rechazada.

Realismo

Como él mismo ha dicho al final del discurso, el Papa ha invitado a los parlamentarios españoles a “alzar la mirada”: a considerar, podríamos decir, el alto fin de su cometido; a elevarse a la ética y al bien común, por encima de las estrategias partidistas. Tampoco esto es candor o idealismo inoperante. Los principios que recuerda el Papa no bastan, desde luego, para hallar soluciones a los problemas concretos, en la complejidad de lo real. Pero sin ellos, no se da con la respuesta justa: una política convertida en chalaneo no armoniza visiones ni intereses contrapuestos y tiende a inclinarse hacia los del poderoso de turno.

El realismo de León XIV constata que “toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”. Así pues, “junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”.

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